Amelia Peláez

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Amelia Peláez (Las Villas, 1896-1968)
 
Amelia Peláez del Casal, espirituana y universal, pintora, ceramista, ilustradora y cultora de la técnica mural, nace en Yaguajay, provincia de Las Villas, el 5 de enero de 1896.
Desde 1916 ingresa en la Academia de Bellas Artes de San Alejandro, momento en que la institución va a cumplir un siglo de fundada y se rige por sistemas conservadores y carentes de perspectiva en la progresiva situación social. En este centro permanece hasta 1927 recibiendo influencia de la corriente academicista que allí imperaba, en especial del importante pintor cubano Leopoldo Romañach (1862-1951) que fue su profesor de Colorido.
A través de su obra Amelia creó un fascinante mundo multicolor. Su prestigio rebasó los marcos nacionales ya que fue una artista que triunfó en otras partes del mundo, entre ellas en Europa. De la casa paterna en Yaguajay espirituano, donde transcurrió toda su adolescencia, conservó Amelia el purismo de los colores, la reverberación insolente de la luz del trópico, el cromatismo de la intemperie; después habría de domeñar el talento, poner bridas a la exuberancia desmedida del barroquismo criollo, civilizar aquella fiebre retiniana que signaría para siempre su paleta.
La academia le brindó un impás de cordura a la sombra de Romañach, pero Europa la esperó segura de sus presagios; ella misma supo siempre lo que quería, hizo siempre lo que pensó y entonces vinieron los desencuentros con la Escuela de París, con la geometría del espacio cubista, que caló hondo en su poética de principiante y trascendió toda su obra de madurez.
 
Regresó con la vehemencia de quien está listo para la simbiosis en un mundo de significaciones múltiples: la maestría de gran disciplina europea domeñando el sensualismo desbordado del trópico, la luz espejeante, las vivencias de su raíz provinciana, de su medio insular. Deconstruyó entonces, como se resuelve un problema geométrico, todos los motivos que le ofreció el entorno: frutas, flores, arquitectura, ornamentos, y los ciñó mediante una línea, gruesa, negra y poderosa. Así, se hizo paso hacia la posteridad inaugurando lo cubano en la pintura, abriendo las puertas de lo moderno desde su paleta abigarrada y criolla.
Ella ocupa hoy un lugar entre los clásicos inolvidables del mejor arte cubano y universal. Acerca de la motivación para crear y su modo de sentir y aquilatar la obra artística como tal, Amelia Peláez reflejó en el catálogo de una exposición de Pintura Moderna expuesta en el Círculo de Amigos de la Cultura Francesa: “No me interesa copiar objetos. Lo que importa es la relación del motivo con uno mismo. Siguiendo este principio he dedicado todos mis mejores esfuerzos durante estos últimos años”.
En 1950 comienza a practicar la cerámica en el taller de Santiago de las Vegas, en La Habana. Realiza murales en edificios públicos entre ellos los de cerámica en el actual Ministerio del Interior, en la Plaza de la Revolución, y en el hotel Habana Libre. Son además de esta artista los de la escuela José Miguel Gómez de La Habana, la Escuela Normal de Santa Clara y el Mural transportable para el Caney en el Oriente de la Isla. En 1968 recibe la Orden Nacional 30 años dedicados al Arte.
En la actualidad la residencia donde viviera y creara en la barriada de la Víbora, en La Habana, es una casa-museo en la que se pueden apreciar varias de sus obras.
Quienes han querido ver en su obra epígonos baldíos del decorativismo, olvidan la complacencia que un público ganado por la redundancia le impuso, ven en la línea sensual del barroco, en la riqueza ornamental y el purismo de los colores un signo equívoco de ese primer encuentro con lo cubano, olvidan cómo "lo cotidiano pierde su carácter accidental, efímero, para erigirse en monumento autóctono. Así se restablece en ocasiones el equilibrio entre el pudor, la contención y el desbordamiento sensual".